SÍNTOMA, INCONSCIENTE Y LITERATURA

Autor: 
Ricardo Millieri
Data/Fecha: 
01/2013

 

El arte en general y la literatura en particular, nos hacen pensar en un inconsciente colectivo o social. Experiencias creativas compartidas por artistas de todo el mundo, obras que tocan el alma de una generalidad de personas y producciones que causan admiración  en todos los sujetos. Expresiones escritas que recogen  las inquietudes y zozobras sociales de una época, así como sus ilusiones , esperanzas y quebrantos.

         No hablo del inconsciente colectivo de Jung, que incluía elementos compartidos en todos los tiempos de la humanidad, como la experiencia religiosa, los mitos, etc. Similares en todas las latitudes de la tierra y en todos los tiempos. No es eso. No se puede reducir al sujeto de la subjetividad a un inconsciente predeterminado por experiencias de generaciones anteriores.

         Hablo de la influencia de la cultura en el inconsciente de las personas de una época. De cómo los miedos, las inquietudes, las esperanzas, las pasiones y los olvidos se generalizan y universalizan concatenando una participación anímica colectiva.

         Parecería que hayan cambiado las patologías y que aparezcan de nuevas, pero me inclino a pensar que lo que ha cambiado son las formas, las expresiones y las dramáticas, pero que la nosología psicoanalítica sigue en plena vigencia.

         La actualidad produce síntomas.

 Los síntomas de las histéricas en los tiempos de Freud, no tienen nada que ver –o muy poco- con los síntomas de las nuestras, de las actuales. Pero sigue habiendo histeria. El psicoanálisis sigue proporcionándonos las herramientas necesarias para la comprensión y el desciframiento de los nuevos fenómenos de la sintomatología individual, tan enclavada siempre en el sentir social.

         Lacan afirma que “la forma en que está organizada la vida social se impone inconscientemente a los sujetos individuales” (Lituraterre y Seminario 17). O sea, admite la influencia de lo social en el inconsciente individual. Muy distinto de los posicionamientos humanistas de Fromm y otros que consideraban un “inconsciente social” de donde se derivaba todo trastorno psíquico, y que construyeron una psicología social.

         La conceptualización del inconsciente lacaniano está indisolublemente articulado con la lengua, el significante y los parámetros de orden simbólico, no solamente es producto de la represión como sostenía Freud. Entonces, si el inconsciente que gobierna los factores de la existencia humana  está estructurado como un lenguaje, deduzco en consecuencia que necesariamente tiene que ser permeable al lenguaje que lo instituye y lo modifica.

         En Función y campo de la palabra  Lacan deja el yo especular de lo imaginario y afirma que estas ilusiones especulares del yo se ven descentradas y fracturadas por redes inconscientes de asociaciones simbólicas de tipo lingüístico. Y es  a partir de ahí  que nace una nueva forma de comprensión del sujeto y de abordaje clínico. La clínica del significante.

         Hacía pocos años, Lacan hablaba del yo especular, el yo como imagen de un otro. Yo es otro, decía. El sujeto no sabe lo que dice, y por las mejores razones, no sabe lo que es (Seminario 2).

         Pero volvamos al lenguaje que, a su vez, es permeable, influenciable y modificable por las condiciones sociales de cada momento. El lenguaje, en definitiva, está atravesado por lo social y esto modela de alguna forma el inconsciente individual y, en muchos rasgos, el inconsciente del colectivo que participa de una misma época en un determinado lugar.

         Deduzco de todo ello que podemos hablar de un inconsciente social, entendido como el pálpito de una época.

         Podemos preguntarnos si esto producirá necesariamente nuevas patologías o únicamente modificaciones sustanciales en las formas de presentación.

         En este punto, quiero aclarar que no podemos olvidar que para Lacan, neurosis, psicosis y perversión no son trastornos mentales sino estructuras subjetivas. No implican necesariamente enfermedad alguna.

         Por eso mismo, no estimo que hayan aparecido nuevas patologías, pero creo que podemos acordar que se han producido profundas modificaciones en las condiciones.  Estamos en otra época y no podemos pretender seguir abordando los análisis de la misma forma que hace cien años. Esto que parece una obviedad, no lo es tanto por cuanto existen fuertes resistencias al cambio en el colectivo profesional. Hemos estado anclados a los grandes textos de los padres de la teoría, con una actitud casi religiosa, como poseyendo “la verdad revelada” por estos dioses, que parece que casi nadie se atreva a mover ni una coma para adecuar la gran teoría a la realidad de la demanda actual y a las condiciones sociales y culturales tan radicalmente distintas de las de hace tan sólo treinta años. Obviamente esto no puede continuar así.

         Han cambiado muchas cosas y los cambios se producen de forma muy acelerada, como la gravedad, con un movimiento uniformemente acelerado. Estamos asistiendo a un cambio cultural casi sin precedentes. Pero si el psicoanálisis siempre ha pensado y teorizado en torno a la cultura y sus mutaciones, participando en la misma de una forma nuclear, ¿por qué no hacerlo ahora? ¿Qué miedo nos paraliza?

         Desde su nacimiento el psicoanálisis ha estado en la cultura y lo sigue estando, como lo demuestra, por ejemplo, la literatura, y deberá seguir estándolo, por muy duras que nos parezcan las “condiciones” que nos impone nuestro tiempo de post-modernidad.

         Parece que los psicoanalistas estemos vislumbrando lo siniestro, que hayamos errado en nuestra vida profesional y que el psicoanálisis se viene abajo porque ya no tiene razón de ser. Ya no habrá más demanda de psicoanálisis ni social ni individualmente.

         Estamos en una crisis muy grande, es cierto, una crisis económica, social cultural y política, pero no podemos olvidar que el psicoanálisis ha sobrevivido a dos guerras mundiales y a fuertes cambios sociales. No se  nos va a morir ahora.

         Hemos pasado del sujeto del deseo, con todo el bagaje que corresponde al sujeto deseante (falta, fantasma, objeto a, etc.) a un sujeto de la demanda y de la necesidad; a un sujeto casi puro goce, que exige inmediatez.

         Es el discurso capitalista que definió Lacan,  donde el agente es el capitalismo que se sirve del saber de la ciencia para producir objetos a. El producto es el goce. Se rechaza todo lo que se acerque a privación, frustración o castración. Se promete constantemente el nirvana a golpe de consumo.

         Lo imaginario va ganando terreno a lo simbólico. Se relajan grandemente los límites que imponían las figuras parentales y nos adentramos, cada vez más, en el “mundo del todo posible”.  Un mundo sin límites. No sería demasiado arriesgado afirmar que psico-socialmente estamos cabalgando entre la psicosis y la perversión. Por lo menos, estamos asistiendo al imperio de la estupidez egoísta y egocéntrica.

         Entonces, y en este contexto, el psicoanálisis pasa a ser vivido -al menos esta es la demanda que nos llega- como un consumible más. Se consumen terapias de la misma forma que se consumen pastillas. Y mayormente, el psicoanálisis es visto por la población como un tipo de terapia dentro de la oferta del supermercado de las terapias. El sujeto paciente ya no tiene paciencia, únicamente urgencia.

         La dramática de todo ello es que un significante ya no remite a otro significante, como hemos aprendido, sino que remite directamente a objetos concretos  que pueden ser susceptibles de consumo.

         Esto afecta a la lengua y está modificando al lenguaje. Y el psicoanálisis es una experiencia única, personal e intransferible de lenguaje.

         Y es muy posible que no hayamos sabido explicarnos. Que no hayamos acertado a imbricarnos convenientemente en el tejido social, que nos hayamos discurseado hasta la saciedad nosotros mismos y, sobretodo, que no hayamos tenido la cintura suficiente para adecuarnos a las nuevas situaciones sin renunciar por ello a nuestros principios.

         Todo esto es lo que tenemos que rectificar y elaborar. Más o menos cada psicoanalista  está haciéndolo individualmente (si no, se moriría de hambre) pero habrá que poder decirlo en voz alta y en público, y sustentarlo con nuevas aportaciones teóricas.

         El psicoanálisis no muere, ni ha dejado de ser válido y un elemento de primer orden en la cultura universal, y buena prueba de ello, es que por eso me están leyendo. Porque digo algo desde y por el psicoanálisis.

                  El Freud de los primeros años edifica su cuerpo teórico a partir del relato de casos. De la novelación de los casos. Luego muchos de sus textos están dedicados a obras literarias, a escritores y a artistas. El psicoanálisis se vuelve literatura. Y la literatura se vuelve psicoanálisis cuando el proceso es al revés, o sea cuando del relato se construye la teoría (Edipo, Hamlet,etc.). Entonces, desde su fundación existen relaciones de parentesco entre psicoanálisis y literatura.

                   El trabajo escrito y, en particular la novela, permite una pluralidad de niveles enunciativos que puede corresponderse con el proceso de análisis . Una buena novela es más fecunda para el trabajo analítico y puede aportar más a la teoría, que muchas de las descripciones de casos pretendidamente realistas.

         En Freud, como ya hemos visto, podemos observar dos caminos, a saber: De la observación y la praxis clínica al relato, y el contrario, o sea, el que va del relato al caso que se desprende de él, con las correspondientes aportaciones teóricas.

          Lacan, aparte del caso Aimée y quizá algún que otro pasaje clínico de su experiencia, no escribió descripciones de casos; no noveló como lo hizo Freud, pero si utilizó obras de la literatura para formular parte de su teoría.

         Sin embargo Lacan sostuvo la centralidad de la letra y la literatura en el psicoanálisis y fue, no sólo un usuario de ejemplos literarios, sino también un ávido lector. Basta con que recordemos la abundancia de sus exégesis literarias y culturales (Antígona, La carta robada, James Joyce, Platon) por citar sólo algunas.

         El psicoanálisis, que ya hemos definido como una experiencia de lenguaje, es además una experiencia de lectura y de escritura. Si el inconsciente está estructurado como un lenguaje, podríamos añadir que los síntomas del analizante están organizados como una escritura.

         El escritor no sabe lo que hace cuando está escribiendo, desconoce el verdadero alcance que puede tomar lo que dice o lo que cree que dice, porque la escritura participa de la instancia del inconsciente y el inconsciente mismo es una producción de lenguaje. Entonces el producto es como un análisis, una particular experiencia de lenguaje donde la obra escrita trae a la luz, de una manera más o menos impactante y ejemplar, el significado de una ley o de una verdad.

         No creo que Shakespeare tuviese en mente, cuando escribió Hamlet la intención de mostrar que el deseo humano del príncipe no puede encontrar su lugar sin antes poder cuestionar el vínculo con una madre tan erotizada como Gertrudis. Ni que Sófocles escribiera Edipo Rey pensando en la universalización de los sentimientos de amor hacia los progenitores que sentimos las personas en determinado momento evolutivo de nuestra infancia.

         No deja de ser curioso que Lacan fuese tan poco prolijo escribiendo. Además su modo de expresarse era premeditadamente oscuro e impenetrable, porque dentro de sus exentricidades afirmaba que cualquier escrito serio ha de ser, en cierto sentido, ilegible.

         Lo decía, parece ser, no para desanimar al posible lector, sino para provocar el esfuerzo. Desde mi punto de vista se podría haber ahorrado este esnobismo.

         Su transmisión es básicamente oral y sus Escritos no fueron publicados hasta que tuvo los sesenta y cinco años cumplidos. No dejan de sorprenderme estos datos si los cotejo con la importancia de la letra, siguiendo sus propias teorías.

         Me cuesta  sacar “factor común” del conjunto de las obras  de la literatura contemporánea. Lo único que me parece vislumbrar es la cuestión del padre. Como un llamado al retorno de la figura del padre de la ley. Es como si la relajación de los límites que impone la figura paterna, la crisis de la metáfora paterna, en vez de darnos una novela disparatada, medio enloquecida y escrita para su inmediata devoración, nos da y nos muestra como un deseo de sutura, un reclamo a la recuperación de la plenitud de la metáfora paterna.

         También observo como la inmensa mayoría de protagonistas viven situaciones límite y casi siempre rozando la insoportabilidad, lo cual parecería querer dar cuenta del desasosiego que nos embarga. O sea, el producto que desprende la novela contemporánea es una tensión puesta al límite, como signo de nuestro tiempo.

 

Ricardo Millieri – ENERO 2013