Sobre la elección de sexo

Autor: 
Ricard Millieri
Data/Fecha: 
09/2016
 
 

                     SOBRE LA ELECCIÓN DE SEXO.

       Para poder empezar cualquier discusión sobre este tema, es imprescindible que en primer lugar acordemos qué entendemos por género. ¿Qué decimos  cuando afirmamos que alguien es hombre o mujer?

       ¿Sexo anatómico o forma de sentir?

       Para Freud sexo anatómico con todas las variables y consecuencias de identificación, elección de objeto y demás. No hay elección. Es un real.

       Para Lacan, forma de experimentar el goce, forma de sentir; o mejor, modalidad de goce.

       Lo que parece poco discutible es que podemos constatar la presencia de un sexo genético o biológico y un sexo psicológico, no siempre coincidente con el otro.

       Pero ¿qué decimos con eso de sexo psicológico?

       Evidentemente no nos vamos a referir a las llamadas almas de mujer encerradas en la cárcel del cuerpo de un hombre o viceversa (delirio del transexual). No somos animistas.

       Psique en griego quiere decir alma, por tanto, se trataría de una psique masculina o femenina acorralada en el cuerpo del sexo contrario al sentido como de pertenencia.

       Esto tiene toda la apariencia de renegación, como mecanismo de defensa ante una realidad vivida como hostil y que no se puede simbolizar. Estamos de lleno en la perversión si le hacemos caso a Freud.

       Hacer negación del sexo biológico, no poder simbolizarlo en ninguna parte de la psique, daría cuenta de una rotura en la estructura , en lo simbólico, o sea, daría cuenta de una psicosis. Lo mismo consideraría la psiquiatría clásica.

       Pero las cosas han cambiado, ni Lacan se quedó en el primer Lacan , ni la psiquiatría clásica mantiene los conceptos que sostenían su nosología.

       Lacan con la redefinición de macho-hembra en función de la modalidad de goce y Foucault, por su parte, en “Historia de la sexualidad” causan una verdadera revolución en las formas de vivir el sexo.

       La psiquiatría oficial se atreve a diagnosticar quien sí y quien no, puede someterse a la tortura quirúrgico-hormonal de cambio de sexo antropomórfico. O sea, quien en verdad es un caso de “encierro de alma” y quien es un psicótico o un perverso clínico. Operaciones quirúrgicas que se pagan con el erario público que, por otra parte, no alcanza para colocar prótesis de rodilla o de cadera a nuestros sufridos ancianos, sometiéndoles a listas de espera inhumanas y despiadadas.

       La investigación sobre los modos y las modas de la conducta sexual actual, me ha conducido, por una serie de avatares, hasta la llamada teoría Queer, la filosofía Queer y hasta la Teología Queer.

       Los teóricos de soporte de toda esta parafernalia son Lacan y Foucault además de varias autoras lesbianas en su mayor parte y militantes de movimientos feministas radicales como son: Eve Kosofsky, Teresa Lauretis, Gloria Anzaldúa, Beatriz Preciado y otras u otros o como queramos llamarles. Propongo “otres” que no es ni masculino ni femenino y cuadra perfectamente con la movida Queer.

       El postulado de Lacan, masculino es quien experimenta un goce fálico y femenino quien goza con un goce Otro, tiene, a mi modo de ver, una gran contradicción; y vuelvo al principio de mi escrito que parecía que planteaba una obviedad.

       ¿De qué habla Lacan cuando dice masculino o femenino, precisamente en el intento de definir lo que es cada sexo?

       Seguimos igual: se es masculino si se goza fálicamente. Bien, pero ¿qué es ser masculino? Gozar fálicamente se me responderá. Estamos en un movimiento circular, dando vueltas alrededor de una farola o, mejor dicho, de un falo. Luego insistiré sobre eso.

       Entiendo que Lacan preconiza que la identidad en tanto que sexuada se produce en un proceso que él llama de sexuación. La identidad de un sujeto resulta de un proceso estructurante en función de la historia del sujeto mismo y que producirá las diversas manifestaciones fenomenológicas que conforman su vida y también su existencia sexual (vida sexual, erótica, sentimental, fantasías, deseos, relaciones de objeto...)

       En este proceso de sexuación, en esta lógica de la sexuación, debería estar absolutamente presente la diferencia anatómica con todas las consecuencias que acarrea. Y los modos de obtener el placer con la vagina o con el pene, así como la elección del partener sexual, es harina de otro costal.

 Este saberse niño como el padre, o niña como la madre forma una parte primaria del proceso. Mucho más si contemplamos, y como psicoanalistas estamos obligados a hacerlo, todo el acompañamiento cultural potentísimo que cabalga con el determinismo del sexo anatómico. No me voy a extender en los pormenores. Es diáfano y evidente.

       Pues bien, los que niegan o reniegan de su condición anatómica son sujetos que no pueden inscribir simbólicamente este real.

       La lógica de la sexuación que Lacan intenta formalizar con sus consabidas fórmulas, no me parece que esté adecuadamente explicada y creo que requeriría una escritura lógica mas entendible y argumentalmente precisa.

       Pero demos un sucinto paseo por la teoría Queer.

       En el diccionario la palabra Queer se traduce como: rarito, extraño, dudoso, estrafalario, excéntrico / tocado, chiflado / débil o indispuesto.

       Se trata de numerosos grupos adheridos a la hipótesis que afirma que los géneros y la sexualidad de las personas (la orientación sexual, más precisamente) son el resultado exclusivo de una construcción social y que no están esencialmente o biológicamente inscritos en la naturaleza humana.

       La filosofía Queer rechaza la clasificación de los individuos en categorías universales fijas, tales como hombre o mujer, homosexual o heterosexual. No acepta que alguien sea llamado y definido como gay o lesbiana, travesti o transexual. No aceptan lo que ellos llaman la heteronormatividad impuesta, en el sentido de que parece ser que “lo normal” es ser heterosexual.

       Afirman que lo gay, por ejemplo, ha quedado absorbido y normativizado por el capitalismo. Ya existen toda clase de montajes para gays: bodas, tiendas de modas, restaurantes, toda clase de locales de ocio y barrios o pueblos enteros.

       Investigando un poco en los fundamentos teóricos de este movimiento, encuentro efectivamente a Lacan y a Michel Foucault entre los pensadores de más prestigio en los que se referencian los grupos Queer y su filosofía.

       Lacan con su teoría de la sexuación y Foucault en su obra Historia de la sexualidad, como ya ha quedado dicho.

       La introductora de la expresión teoría Queer es Teresa de Lauretis en 1990.

       La teoría Queer quiere repensar las identidades por fuera de los cuadros normativos de una sociedad que utiliza el hecho sexual, la realidad sexual, como algo constitutivo de una separación binaria entre los seres humanos.

       Lee Edelman y otros relacionan la teoría Queer con el psicoanálisis lacaniano, por la teorización de la construcción identitaria a través de la adquisición del lenguaje y mediante un proceso llamado de sexuación. La conciencia de uno mismo procede más del lenguaje y de la cultura que de la biología. También apelan a Foucault en su concepto de “biopoder”.

       Además del sexismo, también rechazan el racismo, el fundamentalismo, el nacionalismo y todas las nominaciones que intentan determinar y aislar en un grupo normativo a las personas.

La teoría Queer, a mayor abundamiento sorpresivo, cuenta en Barcelona con una llamada Escuela de teología Queer,  a cargo de la Reverenda Madre Dra. Teresa Forcades i Vila, que es una de las tres creadoras de esta teología. Una berlinesa, una norteamericana y ella.

        En Barcelona, existen numerosos grupos y organizaciones Queer que sostienen talleres de Drag King, producen pornografía alternativa, documentales, libros, festivales de cine, performances y conferencias. Incluso cerca de Plaza España hay una discoteca con el nombre de Queer.

       Muchos de estos grupos preconizan el acceso libre a las hormonas y la despenalización de las drogas.

       Como vemos hay cosas que son fácilmente acordables y aspectos en los que podemos mostrar un rechazo total.

       Sería demasiado arriesgado afirmar que Lacan es quien ha auspiciado todo este movimiento, pero, aun sin saberlo, si que ha contribuido en gran medida.

        Es patente el anti-realismo, el anti-biologismo y el anti-naturalismo de las fórmulas de Lacan.

       Esta nueva definición de los dos sexos, en Lacan, choca frontalmente con los postulados freudianos y con el sentido común.

       Para poder entender algo debemos revisar lo que entendemos por goce.

       Colette Soler habla del goce desconectado del cuerpo anatómico, o sea, desconectado de lo imaginario y que debe ser imputado a ese real de la vida. Cuando el goce es todo fálico, ese real lleva la marca de las letras del inconsciente y cuando es no todo fálico y es Otro. Este real aparece no marcado.

       Mi idea es que para gozar hace falta un cuerpo. El cuerpo puede definirlo Lacan como lugar de goce (Seminario Aun). El goce está inscrito en el cuerpo. ¿Pero cómo?

       Pues como lenguaje y contraviniendo el orden de lo que sería natural en el cuerpo. Así por ejemplo, el mal olor de los genitales con mala higiene nos repugna, cuando por nuestra naturaleza de mamíferos debería estimularnos y predisponernos para el coito. Ocurre todo lo contrario. ¿Dónde está entonces el instinto, lo natural, lo biológico? La pregunta sería: ¿qué es lo que “nos pone”?. Desde luego no es lo que debería ponernos, en el sentido de lo natural, biológico y esencialmente orgánico. Es otra cosa.

       Estamos atravesados por el lenguaje, no hace falta repetirlo. La sexualidad es otra cosa que un compendio de registros fisiológicos. Usamos estos registros para complacernos mutuamente, pero esta complacencia proviene de nuestro ser de hablantes y no de las zonas erógenas de nuestro cuerpo determinadas por la biología.

       Nuestra sexualidad se halla instalada muy lejos de los condicionantes biológicos de la naturaleza. Existe una división entre lo que uno es como representado por un real significante anatómico y lo que uno es como ser hablante afectado en su goce.

       Lacan deja muy claro que los dos modos de goce (todo fálico y no-todo fálico) no tienen nada de naturales desde la óptica biológica y están sostenidos en el ser del lenguaje.

       Ahora bien debemos preguntarnos si el modo de goce se elige o nos elige él a nosotros. ¿Elegimos o somos elegidos?

       Parece como que somos elegidos y lo único que podemos elegir nosotros es la posición que tomaremos ante este hecho: consentimiento, rechazo, entusiasmo, conformidad, etc.

        Freud tampoco relaciona las pulsiones con ninguna referencia a la diferencia sexual anatómica. La diferencia sexual anatómica tan sólo le sirve para argumentar sobre la castración. El sentido sexual de los síntomas se reduce pues a las pulsiones parciales y al goce fálico. No dice nada, ni una palabra, sobre el goce de cada quien en el acto sexual. Sólo habla de los “fallos” que pueden producirse: impotencia y frigidez básicamente.

       En Inhibición, síntoma y angustia sitúa la impotencia y la frigidez como inhibiciones. Algo evita la función, la funcionalidad. El síntoma, dice, es elocuente, proviene de lo reprimido. La funcionalidad se halla transformada, modificada y es muy difícil reconocer su relación con la pulsión reprimida.

       Pero se contradice. En el mismo texto, en varios pasajes trata determinadas inhibiciones como síntomas. (caso Dora, Juanito, etc.). No hay nada de teoría acerca del encuentro de los cuerpos, sólo la evocación del goce en el acto sexual como el summum de los goces. Nada mínimamente consistente acerca de los condicionantes del orgasmo ni acerca de su función.

       El goce del acto no es otro que el goce considerado perverso, el que Freud detecta en el síntoma.

       De todas formas en el discurso social, en nuestra realidad cotidiana, lo imperante es el goce fálico, entendido como goce del poder en todas sus formas y de poseer objetos de consumo fetichizados. Este parece ser el tipo de goce más generalizado, incluso en el propio acto sexual, que se asimila con lo perverso.

       Entonces Melman y Milmaniene tendrían toda la razón cuando nos hablan de perversión generalizada como uno de los signos relevantes de nuestro tiempo.

       Luego está el goce otro, que es otro goce y que se halla forcluído del discurso y que no pasa ni por el significante ni por el objeto @.

       Aquí es donde me pierdo. Entiendo desde la teoría pero sigo sin saber de qué goce se habla. En la medida en que no es ni explicable, no hay nada de lo sensorial que venga en mi ayuda para poder comprender, captar. Seguramente tengo envidia de goce otro.

       Lo que otrora eran remilgos y restricciones, lo no dicho o no decible, lo sancionado por la medicina, la ética y la ley aparece ahora a cielo abierto, en el lenguaje y en los comportamientos, y la literatura da buena cuenta de ello como fenómeno social emergente y signo de nuestro tiempo. Por tanto, como psicoanalistas nos concierne de pleno derecho.

       A todo ello hay que añadirle toda la literatura Queer y sus formas de vivir la sexualidad, que es lo que está de moda y lo que podemos observar en gran parte de nuestra juventud como actitud emergente.

       Mientras que Lacan habla de una lógica de la sexuación como proceso, articulando las consabidas fórmulas del mismo nombre, donde parece ser ,que ser un individuo de sexo masculino o femenino no depende de las características anatómicas. La teoría Queer cuestiona que el sexo de un sujeto pueda reducirse a una clase universal en función de unos rasgos identitarios cerrados, con la clasificación consiguiente que de ello se desprende.

       Para esta teoría esa reducción comporta una simplificación y una trivialización imaginaria de la cosa sexual real. Por lo tanto, el planteamiento Queer y la tesis lacaniana parecen estar muy próximos.

       Ambos posicionamientos reivindican la orientación sexual real, más compleja que la que se conforma con el rol establecido como normal, vinculado a la diferencia sexual anatómica. Se niega el reduccionismo estereotipado hombre-mujer, homo-hétero y, en los Queer masculino-femenino. En Lacan ya vemos que no. Hace pivotar masculino-femenino alrededor del tipo de goce, pero sigue existiendo un masculino y un femenino.

       No le podemos negar a Freud el privilegio de haber sido el primero en constatar que la sexualidad humana  no puede ni debe justificarse en el acto de la reproducción y que la sexualidad y el orgasmo ocupan un lugar problemático y como de desencuentro con uno mismo.

       Freud encuentra en él mismo y en las características de su época las dos grandes oposiciones a seguir investigando el sentido profundo de la sexualidad: el biologismo médico y el psicologismo diferencial identitario.

       Sobre el biologismo podemos decir que determina el sexo masculino o femenino a base de rasgos característicos como son los cromosomas, gametos, hormonas órganos genitales externos e internos y características sexuales secundarias.

       ¿Quién no sucumbe ante tamaña demostración lógica de la diferencia?

       El mismo Lacan de la primera época, participa de este tipo de consideraciones.

       El otro problema he dicho que era el psicologismo entendido como psicología diferencial con pretensiones de cientifismo, identificando al individuo a un rasgo característico o atributo significativo que puede estar presente o ausente en cada uno. Un rasgo binario, por ejemplo pene-no pene.

       Estas lógicas, la biologista y la psicologista parecen irrefutables pero no son suficientes para dar cuenta de la complejidad de lo real de la sexualidad y no pueden describir ningún proceso de sexuación.

       Y es que lo que se plantea aquí no es la realidad de las diferencias, al contrario, es un canto al respeto por las diferencias, no permitiendo la clasificación y el encasillamiento de las personas en base únicamente a un rasgo diferencial (no hay esclavos, sino personas sometidas a la esclavitud) ¡Qué se avergüence el amo! Nos dice Nicolás Guillén; nunca el esclavo.

       El cuerpo del sujeto, con sus gametos y todo lo que se quiera, no es más que un lugar donde experimentar el goce. El substrato necesario. El trono donde se asienta su majestad el goce.

         Ni el biologismo ni el psicologismo que se derivan de la llamada identidad de género, pueden dar cuenta de lo real del sexo que se correspondería con una lógica del significante aplicada a lo sexual.

       Intentaré explicarme un poco más y para ello me centraré en la noción de falo y de función fálica.

       Como ya he dicho, con Freud se produce una primera desnaturalización de la sexualidad, a pesar de su enganche con la cosa médica, el biologismo y el psicologismo inherentes.

       Hace una excesiva identificación del falo con el pene, de la sexualidad con los fines reproductivos y de la feminidad con el deseo de hijo, como salida del llamado “complejo de castración”. Todo alrededor de la ecuación falo = pene.

       Podríamos llamar a todo esto falocentrismo, pero sería más correcto denominarlo penecentrismo, o su derivado que en la teoría Queer toma el nombre de heteronormatividad.

       La posición freudiana hace de la falta–no falta de pene,- el principio dinámico de la libido y paradigma tanto del deseo del hombre como del de la mujer.

       En Lacan lo fálico es siempre faltante. Aquello que falta y que se querría para sí con el fin de gozarlo. Puede ser el pene o cualquier otra cosa: dinero, poder, belleza, etc. Anhelo de tener aquello que uno no tiene y cree que tiene el  otro y que puede darlo, o creer que tal objeto o tal otro puede colmarnos.

       De hecho, el vasto campo del psicoanálisis no es otro que el campo del deseo y del objeto como algo permanentemente faltante. El objeto es el compañero fantasmático de la relación sexual.

       En Lacan podemos hablar de un cierto falocentrismo puesto que también hay una bipolarización: todo fálico y no todo fálico para lo masculino y lo femenino respectivamente. Seguimos en lo mismo. Por otros derroteros también sancionamos lo que es masculino (el todo fálico) y en su negatividad (el no todo fálico) situamos lo femenino. El goce fálico asociado a lo masculino se hace evidente, pero el goce otro es indescriptible.

       Entonces la mujer, como que no existe, o en todo caso su existencia se basa en ser el negativo de lo que sí existe (lo masculino). Otra vez la mujer, lo femenino como lo otro de lo masculino.

       Si el pene es algo que unos poseen y otros no, el falo no lo posee nadie pero todo el mundo lo desea.

       El cuerpo biológico de la mujer, no presenta ninguna falta real de nada. El del hombre tampoco. Pero si faltase algo, faltaría por igual en ambos.

 

Ricardo Millieri

Barcelona, Mayo de 2016